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Lenguaje, acción, poder. De la identidad social a la identidad discursiva del sujeto

Référence à compléter , 2005

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Hay muchas formas de analizar el discurso. Algunas, más teóricas, se orientan hacia la definición de categorías y la conceptualización de modelos –y en ellas los corpora se presentan como pretexto para la ejemplificación [1]-. Otras, más empíricas, se orientan hacia la descripción de corpora finalizados y estructurados [2]. Pero es necesario, además, agregar a esas dos posiciones el intento, observado en gran número de trabajos, de articular esas dos posturas de manera tal, que en ellos no se puede describir un corpus sin el manejo de categorías, ni tampoco definir categorías sin demostrar su valor operativo a través de su utilización en el análisis de corpora bastante extensos.

Este será mi punto de vista al tratar la cuestión de la relación entre lenguaje y acción, pues siempre he defendido la idea de que el análisis del discurso debería tener un triple objetivo : (1) definir categorías que permitan articular el discurso a su exterior situacional (como las nociones de lenguaje, acción y poder) ; (2) describir las características de grandes géneros discursivos (como el político, el científico, el administrativo, el mediático) ; (3) describir grandes corpora de textos (como el de la campaña electoral de un político, el tratamiento dado por los medios a un suceso de actualidad, los manuales escolares de determinada disciplina académica, etc.).

Trataré, por lo tanto, en primera instancia, de poner en evidencia las diferencias entre las nociones de lenguaje y acción para luego mostrar cómo ellas se articulan entre sí. Después, demostraré, desde la perspectiva del discurso, la preeminencia de la noción de poder, noción ésta que obliga a trabajar con los conceptos de identidad social e identidad discursiva del sujeto. Terminaré con una reflexión sobre las incidencias de la noción de poder sobre el lenguaje político.

Lenguaje y acción : puntos de vista para el análisis

¿Por qué abordar la cuestión de la relación entre lenguaje y acción ? Por dos razones. La primera, porque es necesario deslastrarse de la idea corriente según la cual el lenguaje se opone a la acción como lo demuestran expresiones como : “Está bien que se piense, pero es necesario actuar”, “Entre menos se hable, más se hace”, “él habla mucho, pero hace poco”, “hablar o hacer, hay que escoger”. Una serie de oposiciones en las cuales la palabra estaría del lado de lo ornamental, de lo ineficaz, quizás de lo inútil, mientras que la acción estaría del lado de lo que es eficaz y útil ; en resumen, la palabra se asociaría a las falsas apariencias, al engaño, mientras que la acción se percibiría como la propia verdad.

La segunda razón es más teórica. Se apoya en la siguiente interrogante : “¿En qué medida el estudio del lenguaje permite explicar la acción social ?”, y, en consecuencia, en otra pregunta más : ¿Una teoría del discurso necesita una teoría de la acción ?

Desde Aristóteles, la acción se concibe en relación con el sentido social que produce o de la cual surge y, por lo tanto, en relación con los actores sociales que interactúan entre sí para darle sentido a sus actos y a su vida. No entraremos en los detalles de una discusión que tiene detrás de sí diversos siglos de controversias, sobre todo en el campo filosófico [3]. Nos referiremos solamente a diferentes formas de concebir las relaciones entre acción y lenguaje para luego proponer una reflexión sobre esa cuestión, en el marco de una problemática socio-comunicacional.

Diferentes puntos de vista

Entre las diferentes formas de concebir las relaciones entre acción y lenguaje, distinguiremos tres puntos de vista : el representacional, el pragmático y el interaccional.

El punto de vista representacional considera que el lenguaje tiene por función representar las acciones de los seres humanos -entre otras las de agresión o de apoyo, de alianza o de oposición, que se instauran entre ellos-, las causas que ellos representan, las razones que los motivan. Esa actividad de lenguaje da origen a relatos que no son, en sí mismos, acciones. Sólo describen hechos que se están desarrollando, que se han desarrollado o que podrán desarrollarse. Así, decir : “él salió por una puerta derribada del castillo” no implica actuar sino describir una acción. La relación entre lenguaje y acción es, en realidad, una relación de “re-presentación” por intermedio del relato, lo que no impide que ese relato pueda incitar a la acción, por una posible identificación del oyente o del lector con él. Se plantea entonces la interrogante sobre el tipo de articulación que puede existir, entre, por un lado, la acción que se toma como real (o posiblemente real), con actores que se supone que han efectiva o posiblemente vivido una experiencia y, por el otro, los personajes, actantes de una acción relatada, la cual supuestamente representa la acción real ; fenómeno de “adscripción” o “imputación” de uno respecto al otro, según lo indica el filósofo Paul Ricoeur, para quien la “teoría narrativa ocupa (…) una posición limítrofe entre la teoría de la acción y la teoría ética” [4].

El punto de vista pragmático considera que el lenguaje es un acto dotado de cierta fuerza (ilocutoria, perlocutoria) orientada hacia el interlocutor, fuerza que, por un lado sería testigo de la intención de lenguaje del sujeto hablante y, por el otro, obligaría al interlocutor a asumir, a su vez, un comportamiento lingüístico acorde con las características de esa fuerza. En ese caso, el lenguaje es, él mismo, acción, por cuanto hace o hace hacer, ya sea cuando la expresa en forma directa (“Cierra la puerta”) o cuando lo hace en forma indirecta (“Hace frío”). Ese punto de vista, promovido por Austin y Searle, quienes estaban convencidos de que una teoría del lenguaje sería parte de una teoría de la acción, funda el lenguaje en acto. Se observará que aquí la relación entre lenguaje y acción es una relación de fusión de uno en el otro : no hay combinación entre acción y lenguaje, sino la integración de la acción en el lenguaje. No hay lenguaje al servicio de la acción ni acción como productora de lenguaje, lo que hay es lenguaje en acción o lenguaje-acción. El ejemplo emblemático de ello es, como se sabe, el acto performativo, esta “forma más humilde, aunque divina a su manera, de magia verbal”, según Searle [5], en donde el decir (“Yo los declaro marido y mujer”), describiendo su propia acción, se transforma en acción. La acción no es, por lo tanto, exterior al lenguaje y, al carecer ella de existencia autónoma, no puede ejercer, en contraposición, acción sobre el propio lenguaje.

Ello nos conduce al punto de vista interaccional. Este punto de vista considera que la organización del vínculo social es el resultado de los intercambios que se producen entre los miembros de un grupo, entre los cuales se encuentran interacciones específicas como las verbales. Esos intercambios son objeto de ritualizaciones (Goffman) y, en la medida en que determinan los comportamientos de los actores sociales, se puede decir que el sentido se construye en relación con las intenciones e intereses recíprocos de los interlocutores, dentro un marco intersubjetivo (Garfinkel) puesto que esos intercambios se definen en virtud de cierta finalidad : la intercomprensión. Eso es lo que da origen, al mismo tiempo, a la acción social.

Se observará que, en esa perspectiva, la relación entre lenguaje y acción está todavía vinculada a la actividad de lenguaje en sí misma. En todo caso, se trata de lo que resalta y contesta J. Habermas cuando afirma que los acercamientos etnometodológicos : “se concentran de forma tan exclusiva sobre los esfuerzos exegéticos de los actores que las acciones se reducen a actos de habla y las interacciones sociales se reducen implícitamente a conversaciones” [6]. Este punto de vista se diferencia del precedente en el sentido que la accionalidad del lenguaje no depende sólo de la perspectiva del sujeto hablante sino que reside en el fenómeno de la inter-accionalidad. Por cierto, esa perspectiva es compartida en parte por las teorías psicológicas de la acción [7], para las cuales toda acción se orienta hacia un objetivo, depende de una intención que se planifica en plan de acción, y resulta, al mismo tiempo, de una regulación de los intercambios. En cuanto a la psicología social, ella estima que para “actuar de forma comunicativa es necesario que los participantes, al comienzo y en el transcurso del intercambio, puedan definir lo que pueden hacer en conjunto, así como los fines de la interacción y representárselos de forma cada vez más adecuada” [8].

Un punto de vista socio-comunicacional

El propósito de tal punto de vista es, en un primer momento, el de situarse entre tres tipos extremos de racionalización de la actividad de lenguaje :

  • una racionalización que apoya la actividad de lenguaje únicamente en la realidad social, haciendo del lenguaje un simple reflejo, espejo, medio de aquélla ; el lenguaje no sería más que el lugar en que se presentarían los indicios de una estructuración social, a través de un proceso de indexicalización generalizada [9]. Aquí reencontramos lo apuntado por Pierre Bourdieu, para quien “El poder de las palabras no es otra cosa que el poder delegado del portavoz, y sus palabras –es decir, de forma indisociable, la materia de su discurso y su manera de hablar- no son más que un testimonio entre otros de la certificación de delegación de la cual está investido”. Pero si ese fuese el caso, por lo menos en su posición más radical, no se produciría ningún fenómeno de reflexibilidad, sostenido por la misma etnometodología, reflexibilidad que permite, como efecto de retorno, reconstruir, o por lo menos re-enmarcar, la significación del referente social. Será necesario, por lo tanto, defender la idea de que la actividad de lenguaje es, en sí misma, constructora de una realidad social significante, sin descartar sin embargo que ésta pueda ser construida por otros tipos de actividad.
  • una racionalización que apoya la actividad de lenguaje en su propia semiologización, integrando todos los datos del contexto accional en las marcas y construcciones de la lengua. Así, algunos dirán que la argumentación se ubica en la lengua y no en el discurso [10], y que los actos de lenguaje son portadores, en sí mismos (en ciertas condiciones de empleo), de una fuerza de acción, o por lo menos de su orientación pragmática (ilocutoria o perlocutoria). Según esa perspectiva, al contrario de la precedente, -y llevada al extremo-, no habría nada externo al lenguaje o, en todo caso, nada externo pertinente para la comprensión de su significación. No habría entonces la necesidad de referirse a la identidad social del sujeto hablante para interpretar su acto de lenguaje, lo que podría conducir a interpretaciones erróneas. Será entonces necesario defender la idea de que efectivamente hay un externo y un interno al lenguaje, que se articulan en una relación de reciprocidad y que es de esa relación –y no dentro de cada uno de esos elementos tomados aisladamente- que surge el sentido.
  • una racionalización que efectivamente apoya la actividad de lenguaje sobre un proceso de comunicación, pero cuya única finalidad sería la intercomprensión [11]. Tal posición, además de que pareciera relegar el lenguaje, como vimos anteriormente, al estatuto de simple medio, reduce la diversidad de las motivaciones y de los efectos discursivos a una sola perspectiva : la búsqueda del consenso. Ello implica que los participantes en el acto de lenguaje no sean sino seres de verdad o, por lo menos, sujetos cuya única motivación sería la de establecer una verdad consenso, garante de la intercomprensión. En virtud de ese hecho, se apoyarían en proposiciones racionales, en el marco de un “juego finito” de reglas, con el fin de asegurar eficacia en la circulación del sentido en el interior de una comunidad dada [12]. En tal perspectiva, se elimina la posibilidad de considerar que muchos de los intercambios de lenguaje (quizás todos, unos en alternancia, otros en superposición) obedecen a otras motivaciones, de persuasión y de seducción, que no necesariamente tienen como propósito la verdad aunque jueguen con apariencias de verdad. Será entonces necesario defender la idea de que el acto de lenguaje no tiene como único objetivo construir la verdad, sino también el de jugar con la “verosimilitud”, la cual es siempre pertinente y siempre tiene sentido [13].

Nuestro objetivo es integrar ciertos aspectos y conceptos de los diferentes puntos de vista evocados anteriormente (intersubjetividad, interacción, regulación) y problematizarlos desde una perspectiva socio-comunicacional.

Eso nos lleva a considerar que el sentido que resulta del acto de lenguaje depende tanto de los datos de su configuración lingüística como de aquellos que son exteriores a él. Dicho de otra manera, todo acto de lenguaje tiene una doble dimensión, la externa y la interna. Por un lado, la lógica de acción de lo externo no es extraña al lenguaje, en la medida que toda búsqueda de un objetivo pasa por la evaluación de los motivos y de las consecuencias que dependen, ellos mismos, de sistemas de valores cuya percepción no es posible sino gracias a la actividad del lenguaje. Por otro lado, las identidades discursivas de los seres de lenguaje remiten, a su vez, a aspectos psicológicos y sociales que construyen (u ocultan), al mismo tiempo, las identidades de los actores sociales. La dificultad está en la forma de concebir la articulación entre ese externo y ese interno, pues el sentido resulta de una relación de reciprocidad entre los dos. Este punto de vista no es totalmente ajeno a aquellos apuntados arriba, pero insiste sobre la interacción dialéctica que se instaura entre lo externo, donde se encuentran los interlocutores (o interactuantes) de la situación de comunicación, y lo interno del lenguaje, donde se encuentran los intralocutores de la enunciación. Para demostrarlo, nos proponemos distinguir la noción de objetivo -que está vinculada a la acción- y la de intención -que está asociada al lenguaje.

Lenguaje y acción : la distinción entre objetivo accional e intención de lenguaje

El objetivo representa el objeto de búsqueda de la acción, es decir, un estado de equilibrio final beneficioso [14] para el agente de esa búsqueda, o eventualmente para un beneficiario distinto al agente. Se logra directamente o al final de un recorrido cuya totalidad es más o menos planificada y en el cual cada etapa contiene una meta a ser alcanzada. Para alcanzar un objetivo, son necesarias varias condiciones : (i) un actor con un proyecto de búsqueda, una intención que le otorgue a priori un sentido a ese proyecto ; (ii) que ese actor tenga el poder de iniciar una modificación física en el estado del mundo, un poder hacer sin el cual la acción no se puede realizar ; (iii) que tenga aptitud para seguir una lógica de encadenamiento secuencial y lineal de los hechos (planes de acción), apoyándose a la vez en una experiencia de los eventos y en el conocimiento que ha podido obtener sobre las reglas que es necesario respetar cada vez que uno se encuentra en una situación similar. Pero también debe tomar en cuenta las normas sociales y las reglas comportamiento que hacen posibles o prohíben ciertas acciones. Es la aplicación correcta de las reglas y normas de ordenamiento de las secuencias la que garantiza el éxito de la empresa, es decir, la consecución del objetivo establecido en el proyecto inicial.

Vemos entonces que la acción se realiza de manera unidireccional : se inicia en el proyecto de un sujeto que se transforma en agente cuando así lo decide, y se realiza definitivamente en función del desarrollo de cierto plan hasta la obtención del objetivo. Estamos frente a una praxiología, entendida como planificación de las acciones y metodología para el actuar [15]. Este hecho hace que toda acción se realice en un espacio cerrado e irreversible [16]. Comienza en el proyecto de un sujeto que determina el objeto de búsqueda y que oportunamente se transforma en su agente ; después, teniendo la experiencia o el conocimiento sobre la forma de llegar al objetivo trazado, sigue un plan de acciones, es decir, un encadenamiento de secuencias de acuerdo con un principio de causalidad temporal, en el cual el logro de una meta abre la posibilidad para la siguiente, hasta la obtención del objetivo final, en el cual la acción se completa definitivamente. En ese proceso, el espacio se considera como cerrado.

Por ejemplo, si tengo el proyecto de cortar un árbol atingido por un rayo, debo decidir sobre la ubicación de un agente (yo mismo u otro yo mismo quien será mi aliado), sobre la escogencia de un instrumento (el auxiliar) y seguir el desarrollo de las operaciones exigidas por la experiencia y/o el conocimiento de ese tipo de actividad para llegar a mi objetivo.

Evidentemente, ese proceso puede jugarse entre varios actores cuyos objetivos sean a la vez similares y opuestos. Es lo que sucede en las situaciones de transacción comercial : cada uno de los agentes persigue un objetivo que le es propio, cuyo objeto le es exterior y cuyo movimiento es una tensión no reversible hacia ese objeto (se compra o no se compra, se vende o no). Se produce entonces un juego de acciones y reacciones que obliga al sujeto a producir ciertas elecciones : elección de un plan de acción, elección de un auxiliar, elección, a veces, de un aliado ; el conjunto de ellas se constituye en lo que los psicólogos denominan un “mecanismo primario de pilotaje de las conductas de acción”.

La intención de lenguaje, al contrario del objetivo accional, no es sino el propósito de influir sobre el otro, de producir en él un efecto que lo incite a modificar su propia intención y/o su comportamiento. En efecto, en cuanto el otro representa un obstáculo para la realización de un proyecto de acción del sujeto, dos alternativas se le presentan a este último : eliminar físicamente al otro (acción) o involucrarse en un proceso de comunicación para intentar hacer que el otro deje de constituirse en obstáculo. Dicho de otra manera, cuando una intervención humana crea un obstáculo para la obtención de un objetivo, a menos que decida utilizar la fuerza, el sujeto debe propiciar un acto de comunicación. Vemos que, en ese momento, el proyecto del agente de la búsqueda ya no depende, para su realización, de la simple aplicación de un plan de acción y de las reglas que le corresponden, sino de su poder para influir sobre el otro por medio de la persuasión o seducción.

La realización de un acto de esa naturaleza no puede seguir una lógica de encadenamiento unidireccional por cuanto ambos participantes tienen a su disposición la misma iniciativa de comunicación, lo que los obliga a una acción constante de regulación. Ello nos demuestra que la finalidad del acto de comunicación no es la misma de la acción. La primera se logra de manera a la vez simétrica y asimétrica, no depende de la decisión de una sola instancia sino de las dos en reciprocidad abierta ; por lo tanto, se encuentra en un lugar de impredictibilidad en cuanto a las decisiones (indecidabilité). Vemos entonces que el acto de lenguaje, considerado en un marco comunicacional determinado, se instaura en un espacio abierto y reversible (siempre se puede cambiar de estrategia y volver atrás).

La conjunción entre el objetivo y la intención

Objetivo e intención se diferencian por el hecho de que la segunda no proviene, como el primero, de la aplicación de reglas procedurales predefinidas, exteriores [17] al sujeto. Para obtener un cierto objetivo de acción, es necesario seguir un recorrido obligatorio ; aun si éste contiene diversas vías (una organización en forma de árbol), la buena aplicación de las reglas es la garantía del éxito. En cambio, la construcción de un proyecto de influencia a partir de una intención comunicativa dada, requiere de creación y cálculo permanente sobre el otro, el receptor, sin que se tenga jamás la certeza del éxito.

Estaríamos entonces frente a dos tipos de competencia. Por un lado, una competencia praxiológica, proveniente de una lógica de la acción y que supone aptitud para aplicar reglas de encadenamiento de actos. A falta de ellas el objetivo no se podría lograr, tal como sucedería con un computador que, como máquina generadora de operaciones, se bloquearía si las reglas no fuesen aplicadas correctamente. Por el otro, una competencia comunicacional, que surge de una actividad de lenguaje y de la aptitud para producir efectos que sobre el blanco visado. De una manera u otra, esos efectos siempre llegan al blanco –aun cuando no al lugar previsto-, lo que permite decir que en materia de comunicación la máquina no se bloquea jamás.

La conjunción entre el objetivo y la intención articula las tres concepciones sobre la relación entre acción y lenguaje presentadas anteriormente : la representacional, la pragmática y la interaccional. Es ella la que hace posible la socialización de los individuos por el lenguaje y la socialización del lenguaje a través de los intercambios entre individuos : todo grupo social es el resultado de la acumulación vivenciada de objetivos accionales y de intenciones de lenguaje con sus implicaciones praxiológicas y comunicacionales, de las cuales el discurso es a la vez portador y constructor. A veces, se impone un marco accional fuertemente construido, con planificaciones fáciles de reconocer, seguir y describir ; a veces, al contrario, el discurso se caracteriza por un objetivo global, carente de planificación, en donde todo se juega en el plano del lenguaje, como en el caso de ciertos debates cuyo objetivo global es el de construir una imagen identitaria frente a los demás. “Decidir eliminar un grupo” es un proyecto de acción ; “amenazar a los miembros del grupo de eliminarlos si…” es un acto de lenguaje orientado por una intención que busca modificar el comportamiento de los demás ; “comenzar una conversación por iniciativa de los miembros del grupo”, es involucrarse en intercambios de lenguaje en los cuales una sucesión de intenciones intentarán ejercer influencia sobre el otro ; “eliminar el grupo, a pesar de todo”, es actuar realizando un objetivo.

La conjunción objetivo/intención en una problemática identitaria del sujeto

Marco accional e intención de lenguaje necesitan ser operacionalizados en un modelo de funcionamiento del lenguaje que permita tratar simultáneamente lo que tiene que ver con lo externo, que se relaciona con los datos de la acción, y lo concerniente a lo interno, que se relaciona con la manifestación del lenguaje. Proponemos, en ese sentido, las siguientes postulaciones :

El marco accional organizado sobre la base primera de una estructura praxiológica determina las identidades sociales de los sujetos, sus objetivos y sus roles sociales. Esa situación praxi-comunicacional determina en parte lo que deben ser los comportamientos lingüísticos de los interlocutores cuando se comunican. Fundamentalmente, esa situación plantea la cuestión de la legitimidad de los sujetos : legitimidad del sujeto hablante desde el punto de vista de lo que lo autoriza a tomar la palabra, legitimidad del sujeto interlocutor (o lector) desde el punto de vista de lo que lo autoriza a ser socio de comunicación del sujeto hablante y a interpretar los discursos que recibe de la forma como lo hace. Son los atributos de estatus y los roles comunicacionales de los sujetos los que orientan el sentido de lo que se dice.

Es en función de ese marco que los interlocutores de la comunicación activan, alternativamente, un proceso de producción para uno de ellos, y de interpretación para el otro. Lo hacen a través de un acto de enunciación que construye su identidad discursiva : identidad discursiva de sujeto enunciador e identidad discursiva de sujeto destinatario ideal (o enunciatario). Se presenta entonces al sujeto la cuestión de su credibilidad (cómo hacer que crean en él) y de su poder de captación (cómo hacer entrar al otro en un universo de discurso dado).

Es en el punto de encuentro entre el marco accional (praxi-comunicacional) -el cual determina la identidad social del sujeto hablante y su legitimidad- y su puesta en escena enunciativa -la cual construye la identidad discursiva del sujeto enunciador, su credibilidad y su poder de captación-, que todo acto de lenguaje participa de un actuar sobre el otro.

Lenguaje, acción y poder

Así, el lenguaje se vincula con la acción, pero en la medida que el sujeto locutor trata de influir sobre el interlocutor. Más o menos conscientemente éste lo sabe y puede aceptar ese intento de influencia, oponerle resistencia, rechazarlo o responder a él utilizando recursos de contra-influencia. Ya se trate de una conversación común, de una explicación científica, o de un discurso político, los dos interlocutores están unidos por una intención de influencia. Así, todo acto de lenguaje tiene una doble dimensión, de transformación del mundo y de interacción, uno a través del otro.

No trataremos de definir la esencia del poder, si es que la hay, ni tampoco trataremos de medir el impacto de actos emanados de una posición de poder sobre el individuo o sobre el grupo. Para nosotros, el lenguaje, como ya dijimos anteriormente, es un problema de intención en un espacio abierto, que se superpone a un objetivo de acción en un espacio cerrado. Se trata, por lo tanto, de determinar las condiciones que permiten decir que la posición del sujeto hablante es una posición de poder. En un primer acercamiento, diremos que la posición de poder del sujeto depende de tres condiciones : un actuar sobre el otro, una exigencia de sumisión del otro, y algo en virtud de lo cual se justifica esa exigencia.

Un actuar sobre el otro quiere decir que la posición de poder sobre el lenguaje se inscribe en un proceso que pretende modificar el estado físico y mental del otro. El poder no se concibe aquí como una simple aptitud por parte de un sujeto para ejecutar una tarea. En un enunciado como “Puedo levantar una piedra de 100 kilos”, el sujeto describe su capacidad para realizar tal acción, afirma que tiene las cualidades requeridas para hacerlo, pero no dice nada, por lo menos en forma explícita, sobre su posición o su intención comunicativa. El poder para actuar remite a una aptitud o competencia para hacer, el poder para actuar sobre el otro remite a un proyecto intencional cuyo propósito es ejercer influencia sobre el saber o el hacer del otro. En este segundo caso, simétricamente, el otro se encuentra en la situación de tener que modificar alguna cosa en sí mismo –lo que no sucede en la expresión de una simple aptitud para hacer : escuchar el enunciado anterior (una vez más en su sentido explícito) no obliga al interlocutor a ninguna actividad [18]-.

Una exigencia de sumisión por parte del otro quiere decir que el actuar sobre el otro no se limita a una simple intención de hacer hacer, de hacer decir o hacer pensar. Se incluye en ella la exigencia de que esa intención sea seguida de un efecto. Si se retoma nuestra distinción anterior entre objetivo e intención, se dirá que esa exigencia completa la intención de hacer hacer por medio de un objetivo de efectividad, es decir, por un proceso accional que pone al sujeto visado en la posición de tener que ejecutar, en la obligación de someterse.

Resta por contestar una cuestión importante : ¿en nombre de qué el sujeto tiene el derecho a exigir ? Se trata de un fenómeno de mediación social que permite a los integrantes de un grupo reconocerse en los valores comunes que construyen su identidad : el en nombre de qué remite a un lugar de verdad reconocido por todos, que justifica los actos que los hombres pueden o deben realizar ; es lo que fundamenta la legitimidad de aquellos que son depositarios de ella. La legitimidad es entonces la que permite, a quienes de ella están investidos, actuar conforme a los atributos de valor que les otorga la posición que ocupan. Ella resulta del reconocimiento de los demás de aquello en nombre de lo cual el sujeto está autorizado a actuar. Uno puede legitimarse en función de un valor supremo (lo divino), de un mandato (social), de un saber (el sabio), de acuerdo con la omnipotencia que la creencia popular le otorgue a ese tipo de mediación social.

La acción se vincula, por lo tanto, al lenguaje por intermedio del poder y éste es el hecho de un sujeto. Este sujeto, al tener la intención de hacer actuar a su interlocutor, sabe que sus actos de enunciación producirán más efecto (entrarán en un proceso accional) en la medida que pueda apoyarse en un estatus externo de actor social, el cual le otorgará legitimidad. Si su legitimidad no es suficiente, podrá realizar un acto de autoridad amenazando con sanciones u ofreciendo recompensas. Esa legitimidad y esa autoridad no son de naturaleza esencialista ; dependen de la situación de comunicación y de las representaciones que los interlocutores tienen de la relación entre el sujeto -legítimo o autoritario- y la situación. La autoridad del rey, por ejemplo, puede provenir de una legitimidad por derecho divino, pero en el campo de batalla tendrá que referirse a la autoridad de quien sabe comandar (saber hacer), la cual le permite amenazar con sanciones a aquellos que no luchen con valentía o prometer recompensas a quienes demuestren valor ; incluso a lo mejor tenga que dar muestras de autoridad personal (carisma). A su vez, un presidente de empresa, cuya legitimidad proviene de un poder institucional privado, puede comportarse como si su autoridad le fuese atribuida por un orden trascendental (no se habla de “patrones por derecho divino”) ; de la misma manera, un padre de familia puede comportarse como patriarca como si su poder proviniera de la voluntad divina (le “pater familias”) ; en cuanto al profesor, ¿puede éste contentarse con su legitimidad institucional ? ¿No será necesario que, él también, presente pruebas de una autoridad natural ?

La relación lenguaje-acción-poder en el discurso político

¿Cómo lo anteriormente expuesto se expresa en el discurso político ? Entre los análisis que tienen que ver con el espacio político, tres puntos de vista dominan en cuanto a la definición del poder : los de Max Weber, de Hannah Arendt y de Jürgen Habermas, que resumiremos a continuación.

Tres grandes concepciones del poder político

Para Max Weber, el poder político está directamente vinculado con el dominio y la violencia, postura que sostiene en función de una hipótesis general : las relaciones humanas se basan en la relación entre dominante y dominado. El poder es, en consecuencia, el poder de dominación, el cual se acompaña de cierta violencia. En lo político, el Estado, al detentar la fuerza de dominio, impone su autoridad por medio de una violencia que tiene toda la apariencia de legalidad y que obliga al otro a saberse dominado y, por lo tanto, a someterse : “El Estado sólo puede existir bajo la condición de que los hombres dominados se sometan a la autoridad reivindicada en cada oportunidad por los dominadores [19].

Para Hannah Arendt, al contrario de Weber, el poder político resulta del consentimiento, de la voluntad de los hombres de vivir juntos. En toda comunidad, los hombres se relacionan unos con otros, dependen unos de otros y deben pensar y actuar juntos para regular su comportamiento y construir la posibilidad de vivir en conjunto. Es este “estar juntos” el que inaugura el hecho político, en el cual poder y acción se definen recíprocamente : todo poder es un poder de actuar juntos. Desde esa perspectiva, el poder político no se puede justificar por la preocupación por dominar el otro, no puede ejercerse por la violencia, pues jamás podrá ser otra cosa que el poder resultante de una voluntad común, un poder recibido, concedido por el pueblo o los ciudadanos : “cuando declaramos que alguien está en el poder, entendemos que ese sujeto ha recibido de un cierto número de personas el poder para actuar en su nombre” [20]. El poder político no se asocia por lo tanto a la opresión, sino a la libre opinión.

El punto de vista de Jürgen Habermas parece conciliar los dos precedentes. En efecto, el autor propone distinguir entre un “poder comunicacional” y un “poder administrativo”. El primero existe fuera de toda dominación, siendo el pueblo su iniciador -y depositario a la vez- ; es el pueblo quien lo hace existir y circular en el espacio público. Así se instaura un espacio de discusión en donde los ciudadanos intercambian opiniones por la vía argumentativa, conformándose de ese modo la “opinión pública” fuera de toda tutela del Estado, “fuera de todo poder, en un espacio público no programado en función de la toma de decisión, en ese sentido, no organizado” [21]. El poder administrativo, a su vez, implica siempre relaciones de dominación. Se trata, en efecto, de organizar la acción social, de regular por medio de leyes y evitar o rechazar (por medio de sanciones) todo lo que pudiera oponerse a esa voluntad de actuar. Así se instituye un sistema político que tiende a defenderse contra todo intento de desestabilización y, para hacerlo, excluye, selecciona, trata de ser eficaz ; por lo tanto, impone. En resumen, el poder comunicacional es el que hace posible la construcción de un espacio político, poniendo en escena la cuestión de la legitimidad. El poder administrativo, apoyándose en esa legitimidad y sacando partido de la voluntad popular, es el que pone en funcionamiento un dispositivo de realización concreta del poder, que se impone incluso a quienes lo han fundado.

No se trata de discutir aquí cada uno de esos puntos de vista, lo que por cierto han hecho muchos filósofos. Pero quisiera, inscribiéndome en la línea de Habermas y agregándole algo a ella, defender una concepción del lenguaje político que resulta dialécticamente de dos objetivos que determinan dos tipos de actividad social : la actividad del decir político correspondiente al objetivo del debate de ideas en el vasto campo del espacio público, lugar en donde se intercambian opiniones ; y la actividad del hacer político, correspondiente al objetivo de toma de decisiones en el campo más restringido del espacio, en donde se presentan los actos.

Esos dos campos se legitiman recíprocamente, pero, al contrario de Habermas y de Arendt – y sobre todo de Weber que no concibe más que un campo, aquél en donde se ejerce una “violencia legítima”, en el cual se fundamentan la legitimidad y la autoridad-, agregaré que cada uno de ellos se define en función de relaciones de fuerza y de un juego de dominación que le es propio. Cada uno lo hace mezclando lenguaje y acción, aunque con diferencias. En el primero (actividad del decir), es el lenguaje el que domina, a través de una lucha discursiva en la cual los golpes están permitidos (manipulación, proselitismo, amenazas, promesas, etc.), siendo la imposición de opinión el objetivo a lograr. En el segundo (actividad del hacer), domina la acción como lugar en donde se ejerce el poder de actuar entre una instancia política que se dice soberana y una instancia ciudadana que, a cada momento, puede autorizarse a solicitar prestación de cuentas ; el objetivo es una dominación hecha sobre la base de reglamentación, sanción y reivindicación.

Si toda producción discursiva depende, para su significación, de los objetivos que determinan las finalidades sociales, se diría que nos confrontamos aquí con dos tipos de actividad discursiva : una de ellas, orientada hacia las ideas y su fuerza de verdad (lugar de fabricación de las ideologías), es lo político ; la otra, dirigida hacia los actores y su fuerza de acción (lugar de fabricación de las relaciones de fuerza), es la política.

Palabras de lo político y estrategias discursivas

Quisiera ahora mostrar las incidencias de un presupuesto como ese sobre el análisis del discurso político. También aquí me referiré sólo a algunos aspectos [22] de la cuestión.

Cuando el sujeto político se encuentra en una situación “fuera de gobierno” (cuando trata, por ejemplo, de acceder al poder siendo candidato a una elección), así como en las oportunidades en que ocupa posición de “gobierno” (cuando está “en los negocios”), necesita actuar y comunicar, comunicar y actuar, pero utilizando estrategias ligeramente diferentes por cuanto se mueve en situaciones de legitimidad distintas. Tanto en un caso como en el otro, diferentes tipos de habla (o estrategias discursivas) están a su disposición : habla de promesa, habla de decisión, habla de justificación, habla de disimulación.

El habla de promesa (y su correlato, la advertencia), debe definir un ideal social, portador de cierto sistema de valores y de las vías para alcanzarlos. Ese discurso se pretende a la vez idealista y realista (la conjunción de los contrarios). Pero, al mismo tiempo, debe ser creíble a los ojos de la instancia ciudadana, por lo cual el sujeto que hace una promesa debe ser, él mismo, digno de crédito, lo que lo lleva a construirse una imagen (ethos) de convicción. Necesitando la adhesión del mayor número posible de personas a su proyecto, el político trata de llegar a su público, apelando tanto a la razón como a la emoción, en puestas en escena diversas (declaraciones mediáticas, discursos públicos, profesiones de fe escritas, volantes, afiches, etc.) : el habla de promesa-advertencia debe por lo tanto adquirir no tanto fuerza de verdad, pero la fuerza de la identificación con una idea, con un hombre o con una mujer.

El habla de decisión es esencialmente un habla de hacer que se apoya en una posición de legitimidad. En el campo político, ella dice tres cosas : (i) existe un desorden social (una situación, un hecho, un acontecimiento), el cual se considera inaceptable (se escapa a la norma social o al marco jurídico existente, caso contrario, sería suficiente la aplicación de la ley) : el habla de decisión enuncia una afirmación como : “eso no está bien” ; (ii) dice que deben tomarse medidas para resolver esa anormalidad y reinsertarla en un orden nuevo o en un nuevo marco jurídico ; enuncia una afirmación de orden deóntico, algo como : “se debe arreglar” ; (iii) revela al mismo tiempo la medida que se pone en práctica al mismo tiempo de su enunciación : de ahí su carácter performativo.

Decisión de intervenir o no en un conflicto, decisión de orientar la política económica en una dirección u otra, decisión de decretar leyes, son muchos de los actos creados por el habla de decisión, que significa a la vez anormalidad, necesidad y performatividad. Recordemos la declaración del General De Gaulle, difundida por la radio, cuando vuelve de Baden Baden, en mayo 68 : “En las actuales circunstancias, no presentaré mi renuncia, no cambiaré mi Primer Ministro, (…). Disuelvo, hoy mismo, la Asamblea Nacional,…”. Todo está ahí : consideración de la existencia de un desorden social, necesidad de un nuevo orden, cumplimiento de una serie de actos por el mismo hecho de haber sido enunciados.

El habla de justificación aparece cuando tomas de decisión, anuncios de acción –aun en posición de autoridad- tienen la necesidad de ser relegitimados por el hecho de haber sido cuestionados por adversarios políticos o movimientos ciudadanos. Allí se origina una actitud discursiva que consiste en volver a la acción para darle (recordarle) su razón de ser. Muchas de las declaraciones de jefes de Estado, de jefes del gobierno o de ministros encargados de ciertas tareas, están destinadas a justificar sus acciones ante las críticas o movimientos políticos (es el caso, por ejemplo, del discurso que predomina en los informes del portavoz del gobierno a la salida de las reuniones ministeriales). El discurso de justificación confirma el acierto de la acción emprendida y abre la posibilidad para nuevas acciones como desarrollo o en consecuencia de la primera. Una especie de “ilustración y defensa”, pero con la finalidad de darle continuidad a la acción. No se trata ni de un reconocimiento, ni de una confesión. Se trata de pasar de la situación de probablemente culpable a la posición de bienhechor responsable de sus actos, al mismo tiempo que se justifica la continuidad de la acción.

El habla de disimulación es otro aspecto intrínseco al discurso político. Contrariamente a la idea que se difunde cada vez más, el actor político cuida mucho lo que dice. Sabe que debe prever tres posibilidades : las críticas de sus adversarios, los efectos perversos de la información mediática y los movimientos sociales que debe intentar neutralizar antes de que surjan. Se instaura entonces un juego de enmascaramiento entre habla, pensamiento y acción que conduce a examinar la cuestión de la mentira en política.

Se sabe que hay mentiras y mentiras. El pensamiento filosófico lo ha dicho desde hace mucho. Sería ingenuo pensar que la mentira es o no lo es y que ella se opone a una verdad única. La mentira se inscribe en la relación entre el sujeto hablante y su interlocutor. El discurso mentiroso no existe en sí mismo. No existe mentira si no es en una relación, en función del propósito que fundamenta esa relación. Es un acto voluntario. Además, es necesario considerar que la mentira no tiene el mismo significado ni la misma trascendencia cuando el interlocutor es singular o cuando es plural, o cuando el interlocutor habla en público o lo hace en privado. La escena pública le otorga un carácter particular a la mentira.

Todo hombre político sabe que le será imposible decirlo todo, en todo momento, y decir las cosas exactamente como las piensa o las realiza, por cuanto no puede hacer que sus palabras dificulten su acción. Para intentar resolver ese problema, aparentemente insoluble, cuenta con varias estrategias :

  • La estrategia de la imprecisión. Cuando el hombre político hace promesas o asume compromisos, no sabe con qué medios contará ni qué obstáculos se opondrán a su acción. Él puede, efectivamente, hacer promesas o asumir compromisos pero de manera imprecisa, muchas veces alambicada, esperando ganar tiempo o apostando sobre el olvido de la promesa. Por ejemplo, como candidato a la presidencia de la República, se puede siempre declarar la intención de darle prioridad a la investigación y no mantener ese compromiso después de electo : la acción habrá sido enunciada pero no asumida como compromiso. Se trata por lo tanto de mantenerse en lo ambiguo, pero en una ambigüedad que no conduzca a la pérdida de la credibilidad. El hombre político no puede fallar en ese sentido.
  • La estrategia del silencio, es decir, la ausencia de declaración : se entregan armas a un país extranjero dado, se instalan micrófonos ocultos en un ministerio, se hunde el barco de una organización ecologista, pero no se dice ni se anuncia absolutamente nada. Se mantiene secreta la acción. Estamos frente a una estrategia que plantea que anunciar lo que será efectivamente realizado provocaría reacciones violentas que impedirían la puesta en práctica de lo que se considera necesario para el bienestar de la comunidad.
  • Un caso más claro es el de la estrategia de denegación. El hombre político, sorprendido en asuntos que son objeto de acciones en la justicia, niega su implicación o la de sus colaboradores. Si tuviera efectivamente participación en tales asuntos, negar remite a mentir, ya sea al negar los hechos o al presentar falso testimonio. Todo está en que no se pueda presentar la prueba de la implicación de las personas en esos asuntos. Hay sin embargo una versión más noble de esa estrategia de denegación, la estrategia del “bluff” : Hacer creer que uno no lo sabe y asumir el riesgo de tener que demostrarlo, como suele suceder en ciertos debates televisivos.
  • Otra estrategia es la de la razón suprema : no se dice, se afirma lo falso o se deja creer en nombre de la “razón de Estado”. La mentira pública entonces se justifica porque se trata de salvar, en oposición a la opinión -y aun a la voluntad de los mismos ciudadanos-, un bien soberano, o lo que constituye la base identitaria del pueblo, sin la cual éste se desagregaría. Ya Platón defendía esa razón “por el bien de la República” [23], y ciertos políticos han recurrido a ella –aun en forma implícita- en momentos de fuerte crisis social. Se tiene el sentimiento que, en ese caso, no se podría hablar de mentira, o de lo que se suele denominar “mentira piadosa” como se habla de voto piadoso. Pues se está frente a un discurso que, si bien engaña al otro, es por su bien. Y siendo el otro un pueblo, es para salvarlo. Frecuentemente, es en nombre de una razón superior que se debe callar lo que se sabe o lo que se piensa, es en función del interés común que se debe guardar un secreto.

De todas esas estrategias, pareciera que sólo la denegación es seguramente condenable porque afecta el vínculo de la confianza, el contrato social que se establece entre el ciudadano y sus representantes. Los otros casos pueden ser discutidos, y muchos pensadores de lo político lo han hecho [24] : Maquiavelo, para quien el Príncipe debe ser un “gran simulador y disimulador” [25] ; de Tocqueville, para quien ciertas cuestiones deben ser sustraídas al conocimiento del pueblo, “el cual siente más de lo que razona” [26]. Se podría incluso decir con algo de cinismo que el hombre político no tiene que decir la verdad, sino parecer decir la verdad : el discurso político se interpone entre la instancia política y la instancia ciudadana creando entre las dos un juego de espejos.

Patrick Charaudeau
Centre d´Analyse du Discours
Université de Paris 13

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Notes
[1] Por ejemplo, la teoría de los actos de lenguaje, la teoría de la enunciación, las categorías de cohesión y coherencia.
[2] Por ejemplo, los análisis del discurso político, publicitario, académico, etc., en relación con una teoría de los “géneros”.
[3] Ver la problematización que, al respecto, plantea P.Ricoeur en Soi-même comme un autre, Le Seuil, París, 1990, pp. 73 y ss. Ver igualmente la visión histórica que presenta D.Vernant sobre el tema, oponiendo tres epistemas : el representativo de la época clásica que le otorga prioridad al pensamiento, el lingüístico, que prioriza la lengua como objeto, el pragmático, que prioriza el lenguaje como acto. Du discours à l’action, PUF, col. “Formes sémiotiques”, París 1997.
[4] Soi-même comme un autre, op.cit., p.180.
[5] Searle J.R (1985).
[6] Habermas (1987b)
[7] Habermas (1987b)
[8] C. Chabrol in Dictionnaire d’analyse du discours (entrada Action).
[9] La etnometodología propone el término “indexicalidad” para designar, según Garfinkel (1967), el hecho de que una expresión de lenguaje no tiene sentido si no es en referencia a su contexto de enunciación. Nosotros empleamos el término “indexicalización” para designar el fenómeno inverso de codificación de la realidad en el lenguaje.
[10] Anscombre J.C. et Ducrot O (1983).
[11] Recordemos que para Habermas (1987b), se trata de una tarea que le corresponde a una “pragmática universal”.
[12] Ver la crítica que, sobre ese punto de vista, presenta Herman Parret (1989a).
[13] Nos unimos aquí a la crítica que Verschueren (1980) hace a los actos de lenguaje y particularmente a las máximas de Grice, las cuales el autor propone reagrupar bajo una sola noción unificadora de “apropiación”. propiedad (approprieté).
[14] “Beneficioso” por cuanto ese objetivo es establecido por el propio agente, forma parte de su “motivación”, y además, uno no se formula la hipótesis de que él pretendiera ser víctima de sí mismo.
[15] D. Vernant (1997, p.150).
[16] Si existe “reversibilidad”, no puede ser sino en la actividad lingüística de descripción, de análisis, de explicación del desarrollo de la acción, en donde es posible remontar la cadena de las causalidades, pero no en el desarrollo y consecución de una acción propiamente dicha, en donde uno está constreñido a descender la cadena de las consecuencias.
[17] “Exteriores” quiere decir que ellas no pertenecen al sujeto. Todos los individuos, en las mismas circunstancias y aplicando correctamente las mismas reglas de procedimiento, podrán obtener el mismo objeto buscado, lo que no es el caso de la intención comunicacional, cuyo resultado no se garantiza jamás.
[18] Evidentemente, todo acto de lenguaje es susceptible de provocar un efecto perlocutorio. Hasta ese enunciado, interpretado como un desafío para que el interlocutor emule al sujeto hablante, tendrá un cierto poder para actuar sobre el otro.
[19] Weber (1971) ) Économie et société, Plon, París.
[20] Arendt (1972) Du mensonge à la violence, trad.fr., Gallimard, París.
[21] Habermas (1987), Théorie de l’agir communicationnel, trad. fr., Fayard, París.
[22] Para más detalles, ver Le discours politique, op.cit.
[23] Platón (1966), La République, Garnier-Flammarion, París
[24] Platón, B. Gracian, Machiavel, H. Arendt, J. Habermas, etc.
[25] Machiavel (1980), Le Prince, trad.fr., Flammarion, París.
[26] Machiavel (1980), Le Prince, trad.fr., Flammarion, París.
Pour citer cet article
Patrick Charaudeau, "Lenguaje, acción, poder. De la identidad social a la identidad discursiva del sujeto", Référence à compléter , 2005, consulté le 24 septembre 2017 sur le site de Patrick Charaudeau - Livres, articles, publications.
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